Felipe González en Colombia

Felipe González en Colombia

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Bartolomé Clavero en su blog .- El Congreso sobre Independencias y Constituciones organizado por la Corte Constitucional y la Universidad del Externado de Colombia los días 8 y 9 de noviembre ha encomendado la conferencia inaugural al expresidente del Gobierno español Felipe González, quien se descolgó con un discurso de fuerte carga ideológica, aun entre continuas protestas de situarse al margen y por encima de las ideologías, un discurso de una carga en profundidad contra el constitucionalismo de derechos por favor hacia el constitucionalismo de poderes o, más en concreto, de un poder, el ejecutivo, para lo cual hizo gala de su falta de aprecio por los procedimientos y mecanismos garantistas para las personas y de rendición de cuentas para los gobiernos desarrollados durante las últimas décadas en América Latina. El discurso fue improvisado y no se entregó ni se ha publicado en la red por escrito, pero soy testigo, un testigo sorprendido. Las jornadas han sido constitucionales conforme a los objetivos propios de la institución impulsora, la Corte Constitucional de Colombia, y han desarrollado un buen programa académico de historia constitucional, conforme al guión elaborado por el Centro de Estudios en Historia de la Universidad del Externado. Incluso las intervenciones protocolarias (Presidente de la República, Presidente de la Corte Constitucional, Alcaldesa de Cartagena, Alcaldesa de Cádiz…) se han esmerado por ceñirse al asunto histórico-constitucional de la convocatoria. A mi juicio, sólo Felipe González ha desentonado.

 No lo ha hecho por centrarse en cuestiones actuales, pues el constitucionalismo de presente ha constituido un término constante de referencia de la problemática histórica en estas jornadas, sino por situarse al margen y por encima del constitucionalismo propiamente dicho. Su discurso, por la improvisación a saltos, no es fácilmente resumible, pero espero reproducir con justicia sus ideas nucleares. Nuclear es ahora para Felipe González la noción de gobernanza. Tras una alusión de cortesía al asunto de la convocatoria, el discurso de Felipe González se planteó en esos términos de gobernanza, entendiéndose en sustancia la misma como la necesidad de capacitación de los gobiernos para que puedan desarrollar la función de seguridad que les sería más propia.

 La seguridad misma se presenta entonces como la premisa de los derechos y no como un derecho ella misma. Predicado esto en la actual Colombia, suena a respaldo a una política llamada de seguridad ciudadana que atropella derechos y que consolida los hechos consumados de privación de los mismos por la violencia cruzada de argentes armados plurales, inclusive el ejército.

Sin embargo, Felipe González no se detiene en estas minucias ni se dirige particularmente a Colombia, sino a la América Latina toda e incluso a la humanidad global. Global sería la crisis de gobernanza que se está atravesando no sólo ni principalmente por la acción de diversos terrorismos, sino por la lenidad de quienes no tienen la valentía de enfrentarse a ellos haciendo completa abstracción de la legitimidad de los procedimientos. Tal es la actual visión de Felipe González.

El planteamiento llega a desahogos que me parecen absolutamente intolerables. Quienes en Europa adoptamos una posición crítica respecto al discurso de la gobernanza, con la política aparejada de seguridad a ultranza sin garantía para los derechos como si éstos fueran un estorbo, somos presentados, para regocijo de alguna parte del público en Cartagena, como turistas revolucionarios, poco menos que cómplices del terrorismo, aplaudiendo para América Latina aventuras revolucionarias que no queremos, como gente acomodada, para casa. En el contexto de su discurso, desde el momento en el que está ignorando toda posición de derechos, tamaña caricatura, tan tremenda ofensa, puede parecer incluso plausible.

Dicho en Colombia, suena a un guiño cómplice con la postura oficial de atención hipócrita, continuamente fallida, a los requerimientos internacionales de respeto a los derechos humanos por parte de todas las políticas internas y ante todo por la de seguridad. Por no ser constitucional su abordaje, Felipe González no se priva de referirse a cuestiones constitucionales, sólo que no de derechos, sino de poderes o más bien de un poder solo, el ejecutivo.

Una de las razones de la crisis de gobernanza y de la consiguiente inseguridad la identifica con la acentuación de los controles sobre el poder ejecutivo y particularmente de los ejercidos desde instancias judiciales y constitucionales. Ni siquiera este extremo lo plantea Felipe González en unos términos estrictamente constitucionales. Sus términos son siempre políticos, Se trataría de que la justicia ordinaria y la constitucional, tan apoderadas hoy, se comportasen en la práctica con autorrestricción por deferencia a la política y más a la política gubernamental que a la parlamentaria.

Se aboga así por la recuperación de la exención de la acción política del gobierno respecto tanto a justicia como a ley que fuera típica del constitucionalismo decimonónico tanto europeo continental como latinoamericano. Pero, como ha demostrado con su desprecio por la temática de la ocasión, a Felipe González no le importa la historia, ni constitucional ni no constitucional. No le importan las evidencias. Perora y no dialoga.

En el escenario de América Latina, sin comparación en esto con el de Europa, una jurisdicción interamericana de derechos humanos está convirtiéndose en instancia de revisión y control del ejercicio de los poderes del Estado, inclusive el de la justicia tanto ordinaria como constitucional. Más remota y menos eficazmente, también desarrollan una labor similar los comités de tratados de derechos humanos de las Naciones Unidas.

Pero a Felipe González se ve que le repelen los controles internacionales de carácter jurisdiccional. Esto llega al extremo de que se pronuncia contra principios importantes del derecho penal internacional. Sugiere que los crímenes de lesa humanidad deberían prescribir. Dicho en Colombia, donde se están actualmente desarrollando algunos procesos contra políticos por recurrir a la parapolítica que comete tales crímenes o incluso por dirigirla, suene realmente pésimo. Dadas las sospechas, que el mismo Felipe González últimamente aviva, sobre su particular recurso a la parapolítica cuando presidente del gobierno, cabría pensar que se respira por la herida ansiándose el lenitivo de las complicidades. Mas no nos erijamos sin el debido proceso en jueces. Ya es de por sí preocupante que quiera trascenderse por elevación.

También se busca la deferencia autorrestictiva de las instancias internacionales por consideración para con los gobiernos incluso cuando puedan resultar reos de crímenes de lesa humanidad. Gobiernos digo en el sentido, no inglés de Estado, sino castellano de poder ejecutivo. Situándose él mismo en un escenario global poblado de instacias internacionales, ya se ve que Felipe González no propugna en todo ni mucho menos una atávica recuperación del peor constitucionalismo decimonónico. Las claves del discurso son sin embargo atávicas. Para Felipe González, a fin de que haya gobernanza y exista seguridad, en todo cuanto toca toca a la acción política de los gobiernos, el legislativo sobra y el judicial estorba. Y los derechos pretende que deben en casos a aplazarse ante las exigencias de la política de seguridad garante de la gobernanza. Nunca dijo Felipe González en su dircurso cara al públicco que el caso se da en Colombia, pero la audiencia presente era colombiana.

 En rueda de prensa ulterior, aplicó al país anfitrión sugerencias como la de que los crímenes de lesa humanidad debieran prescribir. En Colombia se está de nuevo, al cabo de un cuarto de siglo, reclamando la investigación de crímenes de tal entidad de posible responsabilidad gubernamental y militar. Felipe González se erige por su cuenta en juez internacional absolviendo y absolviéndose. No disimula que resulta juez y parte, tal es su alarde confianza en sí mismo.

Para Felipe González no hay ahora términos medios. Se está, ya con la gobernanza aseguradora, ya con la anarquía aterradora o con el despotismo terrorífico. A su entender, la crisis de la gobernación provocando inseguridad está haciendo derivar a América Latina hacia un caudillismo que asume e institucionaliza esa misma inseguridad. Así se produciría la quiebra definitiva de la gobernanza. Dicho en Colombia, el discurso suena a respaldo a las empresas que, con la connivencia del gobierno, han invadido y se han apropiado de los territorios y recursos abandonados por los masivos desplazamientos forzados, bajo el fuego cruzado de guerrillas, paramilitares y ejército, y que ahora se oponen a la restitución con el argumento de que sería un atentado contra la seguridad jurídica.

Pero Felipe González nunca se fija en minucias. No siente la menor necesidad de conocimiento local. Lo suyo es ahora el cultivo y el fomento de la desinformación. Predica para la humanidad. Ni quita ni pone rey, pero ayuda a sus señores. La diatriba cartagenera de Felipe González en sustancia equivale, en términos colombianos, al peor discurso del uribismo; en términos españoles, al peor discurso del aznarismo; en términos estadounidenses, al discurso simple de Bush junior. Equivale a la postura de este presidente, no a la de Barack Obama. Obama tampoco es que cultive mucho un lenguaje de derechos y, aún menos, de derechos humanos, pero continuamente invoca valores que a efectos prácticos pueden, si no equivaler, interesar a derechos.

Felipe González ni siquiera tiene ahora lenguaje de valores que pudiera alcanzar a la garantía de derechos. Con cierta complacencia, se refirió en Colombia, como también lo ha hecho recientemente en España, a que ni siquiera Obama consigue prescindir de cosas como Guantánamo. El mensaje me parece definitivamente infame para Colombia tanto como para España y para toda la humanidad a la que Felipe González pretende estar olímpicamente dirigiéndose. Nota: Existe una reivindicación reciente de la política en y desde los Estados, con la desconfianza hacia el activismo internacional de derechos humanos inclusive, para la recuperación de objetivos confesables que políticos como Tony Blair y Felipe González han perdido por completo, los de una socialdemocracia de rostro humano. Me refiero al testamento político de Tony Judt, Ill Fares the Land, Penguin Press, 2010 (traducción de título chato, Algo va mal, Taurus, 2010).

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