Una reflexión sobre el Plan para la Convivencia (y II)
José María Chacón
Otro asunto, relacionado con el Plan para la Convivencia y la Deslegitimación del Terrorismo, que está llamado a generar controversia es el de las víctimas, un colectivo que, a causa del obsceno tratamiento que està recibiendo por parte de PP y PSOE, se ha convertido finalmente en dos.
Lo dicho no pretende ser un juego de palabras. Si el citado Plan hubiese sido planteado con honestidad y con un verdadero propósito de resarcimiento de todos aquellos que han sufrido a causa del conflicto político entre Euskadi y España, no habría habido diferencias entre víctimas, y habría sido indiferente haber sufrido por causa de ETA o de la Guardia Civil.
En tal caso, el objetivo a lograr habría sido una reconciliación que ayudase a cicatrizar las heridas que el conflicto ha provocado en nuestra sociedad (como más mal que bien se ha querido hacer con el franquismo)..
Pero, por desgracia, esa no ha sido ni la intención ni la estrategia de los dos grandes partidos españoles. Al contrario, PSOE y PP decidieron que utilizar el sufrimiento de “sus” vìctimas, esto es, de las que habían sufrido a causa de ETA, como principal materia propagandística en su lucha, no ya contra ETA, sino contra el denominado “nacionalismo democrático”, y en especial contra un PNV para ellos inabordable, les resultaría màs rentable..
Esta estrategia está teniendo consecuencias nefastas para nuestra sociedad. La primera, ya indicada, una vergonzosa diferenciación entre “sus” víctimas y “nuestras” víctimas, y a partir de ahí, la consecuente diferenciación entre una violencia “ajena” y una violencia “propia”.
Diferenciaciones estas que no solo no han servido para acercarnos hacia la normalización de la vida social, sino que ha enconado mucho más las divergencias, ya que esta estrategia del nacionalismo español conllevaba por igual dos actitudes en PSOE y PP: por un lado, una exageración obscena y una sobreactuación en la ostentación pública del sufrimiento de “sus” víctimas, en aras a sofocar con el discurso de su dolor cualquier argumento que emanara de sus enemigos políticos, y en especial de un Gobierno Vasco que, liderado por Juan Josè Ibarretxe, hacía palpable a diario, para la sociedad vasca, la antidemocrática voluntad de imposición de los grandes partidos españoles y de los grandes poderes del Estado bajo su férula, ya fuesen jueces, ministerios, empresarios o medios de comunicación.
En segundo lugar, PSOE y PP han mantenido en todo momento una política descarada de ocultación y negación de los crímenes cometidos por el Estado español o en su nombre, lo que ha conllevado durante mucho tiempo una estrategia de negación de la existencia de otras víctimas que las “suyas”. Como ya indiqué con anterioridad, la intención ha sido siempre generar y asentar la percepción de que sólo ha habido violencia por parte del nacionalismo vasco, nunca por parte del nacionalismo español ni, por supuesto, del Estado que lo ampara.
Esta estrategia obscena e inmoral por parte de PSOE y PP, que ensalza hasta la náusea a “sus” víctimas, hasta el punto de colocarlas al frente de la acción política de las instituciones bajo su control, al tiempo que se negaba siquiera la existencia de “otras” víctimas que realmente merecieran tal nombre, ha provocado en la sociedad vasca una reacción de asco y hastío que daba como resultado lo acaecido en las últimas elecciones autonómicas: si con esta estrategia buscaban criminalizar al nacionalismo vasco en su conjunto, y en particular a Juan José Ibarretxe, con el fin de provocar un vuelco electoral en Euskadi, al final tuvieron que recurrir a algo tan rastrero como falsear el censo, con la ilegalización de Batasuna, para conseguir una falsa mayoría absoluta en el Parlamento vasco, dado que incluso sin contar los potenciales votos de Batasuna, el gobierno PP-PSOE màs UPyD cuentan con menos votos que la oposición.
En su momento, PSOE y PP se vieron obligados a modular su discurso y sus intenciones respecto a las víctimas del nacionalismo español: por mucho que se empeñaran, quedó claro que no iban a poder ocultarlas. La memoria de la sociedad era demasiado buena, y los crímenes, demasiado horribles y cercanos en el tiempo.
Así, comenzaron a hablar de “las otras víctimas”, una forma de denominarlos que hacía evidente su voluntad de diferenciar las “violencias” para seguir extrayendo un rendimiento político a “sus” víctimas.. Lo que no cambió fue su voluntad de ocultar a esas otras víctimas para dar todo el protagonismo social y político a las “suyas”. Ahora, obviamente, se ven obligados a reconocer la existencia de una violencia emanada del nacionalismo español.
Pero PP y PSOE se juramentaron con sus medios de comunicación afines para imponer la autoría de esos crímenes a fantasmales organizaciones como el GAL o el Batallón Vasco Español, así como para mantener alejada de cualquier mancha de violencia al Estado español. De ahí indecencias como las de responsabilizar de los crímenes de Lasa y Zabala al GAL, cuando todo el mundo sabe que fueron asesinados por la Guardia Civil, o el de Santiago Brouard, asesinado por dos policías nacionales, y endosado también a la organización criminal -que no “terrorista”, por una sentencia judicial vergonzante- que, según el Partido Popular, creó, financió y dirigió el PSOE: el GAL. El mismo PSOE con el que comparte responsabilidades en el actual Gobierno Vasco.
Todo este estercolero ideológico y moral encuentra en el Plan para la Convivencia y la Deslegitimación del Terrorismo la culminación de su viaje: utilizar el testimonio, políticamente sectario y coordinado con los objetivos políticos de PP y PSOE, de las víctimas de ETA para inculcar en la mente de los niños vascos esa falseada versión de lo ocurrido en Euskadi en las últimas décadas. Por decirlo con todas las letras: para adoctrinar a nuestros hijos en el odio a la idea de una nación vasca y la aceptación acrìtica de la imposición nacionalista española.
Ante la perspectiva de que el Plan se lleve a efecto, debemos preguntarnos dónde están las víctimas de la violencia española.
Desde que PSOE y PP decidieron que ya no podían seguir escondiendo esa violencia, y que ello suponía reconocer la existencia de “otras” víctimas, concluyeron que tendrían que mantenerlas bajo control. Para ello, las asociaciones de víctimas que controlan se apresuraron a ofrecerles formar parte de su afiliación, asegurando que tales organizaciones pretendían dar cobijo a “todas” las víctimas, no solo a unas.
Sin embargo, el hecho es que, a día de hoy, esas otras víctimas han sido engullidas por estas asociaciones, que se niegan a cederles el más mínimo protagonismo, y han sido ninguneadas por los medios de comunicación, que obviamente se comportan como parte interesada, al servicio del nacionalismo español.
En estas condiciones, debemos preguntarnos cómo, cuántas y quienes de estas víctimas de la violencia española van a poder personarse en nuestros colegios para dar testimonio de su sufrimiento. Todos sabemos que las Fuerzas de Seguridad del Estado o las organizaciones criminales financiadas con el dinero que manaba de las cloacas del Estado -por el que Rafael Vera acabó en la càrcel para proteger al señor X- han cometido asesinatos, secuestros, torturas y violencia de persecución durante más de cincuenta años.
Sin embargo, también sabemos que la práctica totalidad de esos crímenes han quedado impunes y no hay apenas sentencias condenatorias. Y al no haber condenas firmes, no hay posibilidad de que se reconozcan como víctimas a quienes sufrieron tales crímenes.
Por tanto, la conclusión resulta obvia: a la hora de acudir a nuestros colegios a dar testimonio de su sufrimiento, solo las víctimas de ETA podrán hacerlo, con una supremacía ofensiva sobre las víctimas de la violencia española. El objetivo ya lo hemos comentado: generar la percepción de que solo ETA, y a partir de aquí, el nacionalismo vasco, ha recurrido a la violencia.
El PNV, ante esta situación, jamás debería haber aceptado entrar a negociar el citado Plan. Muy al contrario, debería haberse plantado ante la intencionalidad distorsionadora y adoctrinadora que atufa todo el Plan, reconocida públicamente por Antonio Basagoiti, y habría tenido que promover todas aquellas iniciativas posibles tendentes a dar visibilidad a esas víctimas de la violencia nacionalista española que PP, PSOE, sus asociaciones de víctimas y sus medios de comunicación se empeñan en hacer invisibles. Y tendría que haber protegido a nuestros hijos de la ola de manipulación y
adoctrinamiento a la que PP y PSOE los quieren someter.

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