Velada con el político profesional (Segunda parte)

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Patxi Igandekoa

Hace tiempo tuve el privilegio de ser invitado, junto con un selecto grupo de amigos sin distinción de color ni grito, a pasar una tarde en petit comité en la casa de un prócer de la cosa pública vasca. Entretanto el político en cuestión ha hecho carrera no solo más allá de sus expectativas, sino también de sus posibilidades, pasando de ser un simple maquis en la guerrilla de su partido contra las derechas y el nacionalismo, a convertirse en presidente de una importante comunidad autónoma del norte del país.

Pese a su aparatosa y muy criticada mudanza a la residencia oficial del ejecutivo, el avezado dirigente no renuncia a su antigua vivienda en Bilbao, repleta de libros y discos interesantes, que mantiene abierta para ofrecer entrañables recepciones como las de hoy.

La última vez que estuve en aquel oasis de civilización y buen gusto, mi anfitrión, hombre inquieto y dubitativo, pero resuelto en sus metas, aun luchaba por mejorar en la vida, abriéndose camino a través de un mundo lleno de incertidumbres y pequeñas trampas. Ahora, cobrada la parte del león, se le ve seguro de sí mismo, totalmente zen. Ya no es uno más en la carrera de ratas, sino un maestro, un referente, un primer dan recién estrenado; en otras palabras, alguien. Ahora el personaje del día, acomodado en su butacón favorito, con un vermut en la mano y la cajetilla de Marlboro sobre la mesita de cristal, parece a punto a pronunciar una de las charlas de Roosevelt junto a la chimenea. Puede que sean los primeros síntomas de intoxicación por el poder, pero de momento la cosa va muy digna.

Uno de los presentes se ha atrevido a romper el idilio de aquel camelot pequeñoburgués con una pregunta sobre política. Nuestro hombre podía haber puesto al imprudente en su sitio, pero por cortesía resuelve dar una respuesta directa y fuera de los límites de la corrección política, lo cual es testimonio de su ascenso a un nivel diferente de relaciones semánticas, en el que más o menos lo que se suele hacer es no andarse con estupideces eufemísticas (que si esto es una sociedad democrática y plural, que si la voluntad del pueblo vasco, etc.) y llamar al pan pan y al vino vino, al menos cuando se está de puertas adentro:

"La gente tiene una visión decimonónica de la política", dictamina posando el vaso, "piensa que se trata de trasladar a la realidad principios ideológicos, y si no lo haces te ponen a parir, dicen que no tienes programa ni preparación ni ganas de trabajar o qué sé yo. En realidad la política carece de plan. Lo que la mueve son las fuerzas incomprensibles de la historia y no los escritos de unos barbudos que llevan más de un siglo criando berzas para la prole del enterrador. Todo en esta vida es serendipia: no sabes dónde empiezas ni mucho menos dónde has de terminar. Lo que manda es el cambio. Nosotros lo diseñamos, no intencionadamente ni a priori, sino sobre la marcha. Y creedme, esto da más resultado que las visiones de los ideólogos: con una simple ley antiterrorista hemos conseguido desplazar de la poltrona a mi antecesor en el cargo. Imaginad lo que se puede hacer con una reforma de la Constitución, un cambio en el derecho electoral o la redorganización territorial de las comunidades autónomas."

"La política", prosigue "no consiste en cumplir mandatos, ni defender casos ante un juzgado, ni en gilipolleces identitarias. Hay que ser francos y confesar que en el fondo no sabemos lo que es eso que llaman política. Lo único que podemos decir es que tiene que ver más con una ingeniería improvisada, sin planos y sin... (con la escotilla del ego abierta de par en par iba ya a añadir "y sin título", pero la prudencia lo detuvo a tiempo). Bueno, por no haberse dado cuenta de estas verdades elementales, todos esos necios del batzoki están ahora donde merecen, asomados a la ventana."

Dijo esto último después de haber mirado rápidamente a su alrededor para asegurarse de que entre su grupo de invitados no había un solo jeltzale. El tontaina de turno se disponía a insistir sobre una materia que a pesar de su falta de gusto a todos nos comenzaba a parecer apasionante, pero el anfitrión no estaba dispuesto a impartir más clases magistrales y le detuvo con perentorio ademán de su presidencial índice. En aquel preciso momento su encantadora esposa entraba en la salita trayendo un CD en la mano. El político profesional se incorporó para cogerlo con emoción y gesto cuasi reverencial. No era para menos cuando nos explicó lo que había dentro:

"¡Gracias, Begoña! Menos mal, pensé que con todo este trajín de la mudanza a Vitoria se me había perdido. Es muy difícil encontrar esta grabación. Ahora, damas y caballeros, vais a escuchar una de esas pocas cosas que en esta vida realmente merecen la pena." Se refería al concierto en directo del gran pianista ucraniano Emil Gilels en el Salón de Actos del Conservatorio de Moscú el 27 de diciembre de 1977. Una auténtica joya, tan difícil de encontrar como poco buscada en nuestro tiempo.

"Patxi, cielote, pon la sonata para piano Nr. 3 de Frederick Chopin", sugiere la esposa. "Es nuestra pieza preferida". Y mientras el político profesional inserta el CD en la minicadena, para alborozo de todos los presentes la charla gira en torno a los gustos musicales que el nuevo presidente de la Comunidad Autónoma asegura poseer de cara a la galería, para hacerse simpático a sus votantes y tomar el pelo a sus enemigos. La realidad es muy otra: al político profesional no le gusta toda esa mierda contemporánea. Prefiere la música clásica y el jazz. Pero si esto lo cuentas en un mítin te toman por un panoli, a no ser, claro está, que te llames Barack Obama o Angela Merkel.

"¿Qué queréis que os diga?" preguntó encogiéndose de hombros, "El Boss está bien y dio un buen concierto en Bilbao, pero al lado de Rachmaninov sigue siendo comparar a Dios con un trozo de mierda. Y no hablemos de esos capullos de Vetusta Morla: cuatro acordes de guitarra, letrajas incomprensibles y todo el chorrerío de Madrid boqueando como peces a la hora de echarles la comida. Por cierto, os tengo que contar una anécdota. Por haber dicho que me gustaba ese grupo basuriento me dedican una ristra de ochenta comentarios en un blog de nacionalistas. No contentos con criticar mis gustos musicales los muy idiotas van y se ponen además a polemizar sobre los suyos propios: Death, Black Metal, Overkill y otros grupos por el estilo, que yo no escucharía ni aunque me los regalaran. De verdad, tenéis que leerlo, es para partirse de risa. He tomado nota de sus sugerencias y quizá mencione alguna de esas bandas en mi próxima entrevista para el Correo Español."

Si alguno de los lectores ha tenido el privilegio de escuchar a Emil Gilels, aunque sea en CD, podrá hacerse una idea de lo dichosos que éramos los pertenecientes a aquel selecto círculo invitado a compartir la intimidad de uno de los personajes claves de la nueva Euskadi. Bueno, todos menos uno. Con nosotros estaba Don Moisés, un viejo socialista curtido por los lustros y los disgustos, que aun se las apañaba para mantener en pie el sufrido andamiaje de su dignidad obrera, como la estatua de Ramón Rubial en el paseo de Abandoibarra; auténtico paradigma de las virtudes republicanas pinceladas por la cantautora española Evangelina Sobredo, alias Cecilia, en su célebre canción titulada "El Testamento". De esos que cosechan palos de todos los regímenes políticos; que jamás puso la otra mejilla pero en las dos le dieron, y que en sus ochenta años no vivió la democracia. Ni siquiera con José Antonio Ardanza.

Pues bien, este probo luchador antifranquista, a quien todos respetan con veneración, incluyendo el político profesional, que antes le consideraba una especie de mentor y ahora algo asi como la voz de su conciencia, no está preparado para aceptar el estilo de campaña de nuestro anfitrión. No le va toda esa basura de las ruedas de prensa ni fingir unos gustos musicales y literarios que no se tienen, solo para buscar puntos de conexión emocional con las masas y engañarlas para que voten.

Se enfadó mucho cuando la esposa del político profesional presentó ante la prensa la residencia oficial de los presidentes autónomos, dando pie a que aparecieran en El Correo un par de artículos extremadamente horteras. Dijo que esas cosas no son propias de socialistas sino de nuevos ricos, que hay que ser más discretos y tener un poco más de categoría, caramba. Don Moisés vive en un mundo que ya no es capaz de entender; de ahí su enfurruñamiento senil, que ni siquiera consiguen aplacar las notas de la Sonata Nr. 3 Opus 58, doblemente divinas al haber sido escritas por Chopin e interpretadas por Emil Gilels, uno de los más grandes virtuosos de todos los tiempos.

De pronto Don Moisés se inclina hacia la mesita de cristal para apoderarse con gesto seco de los cigarrillos de su anfitrión. Y después, cogiendo su bastón, se aleja malhumorado en dirección a la terraza, refunfuñando algo asi como: "¡Me voy a fumar uno de estos, que bien caros le han salido al contribuyente, y a todos vosotros que os den"!

Sé muy bien por qué lo dice: ese paquete de cigarrillos es el mismo que nuestro amigo el político profesional, ahora presidente de una de las comunidades autónomas más prósperas de España, compró el día anterior en la cafetería Lepanto, en plena Semana Grande de Bilbao, no sin antes enviar a todo su personal de protección para que supervisara las condiciones de seguridad del local. Por un casual Don Moisés se encontraba en el local en compañía de unos amigos suyos que montan tertulias en el baserri de una especie de enemigo público número uno al que llaman Juan de Etxano.

Y el viejo luchador antifranquista, después de haberse pasado tres cuartos de hora defendiendo al nuevo gobierno de la Comunidad Autónoma frente a la crítica de sus camaradas abertzales, tuvo que presenciar en primera fila el abuso de poder perpetrado por el líder de su partido y los orangutanes que lo protegen. Faltó poco para que le rompieran la cara al gerente, que había protestado al ver cómo unos cuantos tipos mal vestidos y con aspecto de proxeneta husmeaban detrás de la barra y zarandeaban la máquina de tabaco para ver si funcionaba.

Todo para que, una vez asegurado el perímetro, el político profesional pudiera entrar a por una cajetilla de tabaco. La misma que el anciano tenía ahora en su poder en el balcón. El político profesional había pasado por delante de Don Moisés haciendo el más espantoso de los ridículos y sin reconocer a su mentor. Acto seguido se marchó sin decir una sola palabra, y tras él su guardia pretoriana, dejando a los presentes de una pieza y con la boca abierta.

Esto el político profesional no lo sabía. Don Moisés, que es un hombre discreto, no le comentó nada. Nuestro anfitrión pensó que el anciano estaba contrariado por su forma atrevida y cínica de exponer los planteamientos políticos de la nueva Lehendakaritza. Por ello, cuando el político profesional salió al balcón para tranquilizar a su viejo maestro -y de paso recuperar sus cigarrillos-, lo único que pudimos escuchar fue esto: "¡Moisés, no te pongas asi, coño! ¿Qué culpa tengo yo de vivir en un mundo en el que lo que importa no son las cosas, sino las noticias sobre las cosas?".

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